Cinemateca de Cuba

 

Germán Puig, Ricardo Vigón y Henri Langlois, pioneros de la Cinemateca de Cuba.

 

Para los que deseen obtener información sobre la Cinemateca de Cuba, el sitio Internet  htt://www.cubacine.cu , entrada oficial del cine cubano, propone la siguiente síntesis histórica:

 

La Cinemateca de Cuba nació bajo los auspicios del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC),  y desde entonces se ha mantenido como un archivo estable. Es miembro de la Federación Internacional de Archivos de Filmes (FIAF) [sic] 1961, y de la Coordinadora Latinoamericana de Archivos  de Imágenes en Movimiento (CLAIM). Es la única verdadera cinemateca en la islas caribeñas y una de las que mayor patrimonio fílmico conserva en nuetra área geográfica.

 

Aunque esta presentación es clara no deja de estar algo errada, y constituye un perfecto ejemplo de lo que Juan Antonio García Borrero hace llamar «icaicentrismo». La Cinemateca de Cuba, tal y como la conocemos en la actualidad, ciertamente fue creada en 1961 por iniciativa de Alfredo Guevara y del ICAIC; sin embargo, esta creación no fue más que un renacimiento inscrito en la prolongación de dos pioneros olvidados: Germán Puig Y Ricardo Vigón. Como veremos más adelante, estos dos jóvenes, unidos por una amistad romántica y habitados por la fiebre de la cinefilia, estuvieron en la fuente de la floración de los cine-clubs antes de la Revolución, y en  1951 fundaron la primera Cinemateca de Cuba con la decisiva ayuda de Henri Langlois.

 

Síntesis historiográfica

 

Antes de estudiar concretamente cuales eran las condiciones de trabajo de Germán Puir y Ricardo Vigón con Henri Langlois, y como los lazos que unían a estos tres hombres finalizaron en un episodio desconocido de las relaciones franco-cubanas, nos parece necesario recapitular sobre la forma en que sus trabajos han sido evocados por historiadores y diferentes testigos de la época. La confusión mayor gira alrededor de esta cuestión, y solo la consulta de los archivos personales de Germán Puig, quien reside actualemente en Barcelona, nos ha permitido conocer la magnitud de los errores y lagunas que contienen los textos publicados hasta el presente.

 

Una de las posiciones más extremistas ha consistido en callar la existencia de la primera Cinemateca de Cuba, con el propósito de establecer el mito según el cual la historia del cine cubano debuta en 1959, con la creción del ICAIC. Es así como en 1963, la revista Cine Cubano no dedica ni una línea a los esfuerzos de Germán Puig y Ricerdo Vigón en el artículo dedicado a la institución, de la que Héctor García Mesa es director en aquel entonces. El texto comienza de la forma siguiente:

 

La Cinemateca de Cuba fue creada, como un departamento cultural del ICAI, a mediados de 1961, con el propósito de adquirir, conservar, y en la medida de lo posible exhibir todo material interesante al conocimiento y estudio del cine (films, literatura, equipos, etc), con especial atención de cuanto se refiere al cine nacional. Ese mismo año fue admitida como «Miembro Provisional» de la Federación Internacional de los Archivos de Films (FIAF), cuyo secretario reside en París[1]

 

Mario Rodríguez Alemán tampoco hace referencia al trabajo de Puig y Vigón en su artículo titulado «Bosquejo histórico del cine cubano» [2], publicado en el mismo número. Este mismo silencio lo volveremos a sentir veinte años más tarde con José Antonio González, autor de una síntesis histórica particularmente dogmática, «Apunte para la historia de un cine sin historia», que sin embargo insiste en la importancia de Nuestro Tiempo, sociedad cultural que por un tiempo estuvo asociada a la Cinemateca de Cuba. El historiador rinde igualmente homenaje a José Manuel Valdés Rodríguez, profesor de la Universidad de la Habana que desarrolló los estudios cinematográficos en su país y organizó, a partir de 1942, cursos de verano que tuvieron una gran acogida y permitieron la formación de toda una generación de cinéfilos, entre los que figuraban Germán Puig y Ricardo Vigón.

 

 

Michel Chanan también insiste en la obra pionera de Nuestro Tiempo y de Valdés Rodríguez, pero además menciona la existencia de la Cinemateca de Cuba antes de la Revolución. Sun embargo, lo hace con tanta discreción y de manera tan poco detallada que el lector queda insatisfecho. Veamos lo que aparece en su obra the Cuban Image, publicada en 1985:

 

During the 50s, [Carlos] Franqui had been prominent in the aficionado film movement. He  belonged to e group that included Germán puig, the future ICAIC cameraman Ramón Suárez, and the writers Edmundo Desnoes and Guillermo Cabrera Infante, which revived the Cinemateca; and he had made, together with Puig, a short publicity film (Carta de una madre, Lettet to a mother’). Puig and Desnoes made a short wivh was produced and edited by Suárez4.

 

El nombre del grupo del que habla Chanan no se precisa, y el texto habla de la Cinemateca como si antes hubiese sido mencionada, cosa que no sucede. El título del cortometraje realizado por Puig y Desnoes no se menciona (se trata de Sarna, realizado en 1952), ni se hace alusión a las actividades de Ricardo Vigón y Henri langlois. Por lo tanto, este fragmento ofrece más interrogantes que respuestas, y deja toda una etapa de la historia  del cine prerevolucionario en una especie de nebulosa.

 

En 1981, la americana Julianne Burton publica un artículo con un mayor número de informaciones. Aunque estas últimas son generalmente falsas, el texto que redacta para la obra colectiva dirigida por Guy Hennebelle y Alfonso Gumucio-Dagron, El cine de América latina, tiene un párrafo destinado a la Cinemateca de Cuba en el que se menciona Nuestro Tiempo y  a José Manuel Valdés Rodríguez. Julianne Burton comienza diciendo que Valdés Rodríguez dirigió la Cinemateca, lo que no es cierto, y luego agrega:

En aquel entonces la Cinemateca de Cuba era dirigida por Guillermo Cabrera Infante, más conocido por su novela «Tres Tristes Tigres» [...]. La  «Cinemateca», que no existió hasta 1956, contaba también entre sus miembros con dos personas que jugarían un papel constructivo en la vida cultural post-revolucionaria: el escritor Edmundo Desdoes y el cineasta Tomás Gutiérrez  Alea.5

 

El nombre de Germán Puig desapareció, el de Ricardo sigue estando ausente, al igual que el de Langlois, y además la historiadora ofrece dos informaciones inexactas: Cabrera Infante jamás dirigió la Cinemateca (aunque le fue concedido el título honorífico de «director») y esta no fue creada en 1956. Sin embargo, Burton menciona la participación de Gutiérrez Alea, quien efectivamente fue un miembro activo de la institución tal y como veremos más adelante.

 

Augusto Martínez Torres y Manuel Pérez Estremera, en su libro Nuevo Cine latinoamericano, mencionan también la existencia desde 1973 del grupo de cinéfilos designado por Channan y Burton:

 

Por los años cincuenta, un grupo formado por Edmundo Desnoes, Ramón F Suárez, Guillermo Cabrera Infante, Germán Puig, Carlos franqui y Néstor Almendros crean la Cinemateca de Cuba, que proyecta un ciclo compuesto por algunas de las películas más importantes de la historia del cine, y realiza los cortometrajes Carta a una madre, El guante, Pintura, Hamlet, en los cuales colaboran unos y otros.6

 

Ricardo Vigón  y Henri Langlois  siguen sin ser mencionados, y la creación de la cinemateca se presenta como un acto colectivo, lo que sigue siendo inexacto, pero el texto tiene el mérito de citar las actividades de la institución dirigida por Germán Puig.

 

Todas estas aproximaciones y omisiones son tanto más sorprendentes cuando tenemos en cuenta que, desde 1966, Arturo Agramonte había elaborado a grandes trazos la historia de la Cinemateca:

 

            Iniciada en 1948 como el primer Cine Club que funcionó en la Habana. La Cinemateca de Cuba, ya con una perspectiva más amplia en sus funciones, se convierte en sus funciones en una institución con todas las características inherentes a la misma, pero sin los recursos económicos necesarios para su buena marcha.

            De allí que con gran pesar vieran desaparecer valiosas adquisiciones como «M», El sombrero de paja de Italia y otras por carecer de lugar apropiado donde conservarlas.

            Auspiciada por la Cinemateca Francesa, y con la colaboración de la primera directiva de la Sociedad «Nuestro Tiempo» y el apoyo de la Dirección de Cultura, la Cinemateca de Cuba exhibió en menos de un año de labor continuada los filmes más representativos de la historia del cine [...].

            En 1955, la Cinemateca de Cuba volvió a reanudar sus actividades, pero las mismas no fueron muy duraderas. La directiva estaba integrada por: Presidente, Germán Puig Paredes; primer vice, Roberto J. Branly Deymier; segundo vice, Adrian García Hernández; director, Guillermo Cabrera Infante; vicedirector, Néstor Almendros Cuyás; tesorero, Rine R. Leal Pérez; vicetesorero, Plácido González Gómez; secretario, Julio matas Graupera; vicesecretario, Jaime Soriano Gelardino; vocales, María López Salas, Paulino Villanueva, Rodolfo Santovenia y Emilio Guede.7

 

Agramonte puede ofrecer estas informaciones porque él mismo participó en las actividades de la Cinemateca, asegurando la proyección de algunos filmes8. Aunque el historiador no menciona la labor de Ricardo Vigón y no explica las condiciones exactas de creación del organismo, entrega la cronología más exacta, así como la lista de nombres más completa. En otra parte, menciona incluso a Henri Llanglois, pero lo asocia a José Manuel Valdés Rodríguez:

 

El profesor José Manuel Rodríguez fue invitado al Festival de Cannes y aprovechó la ocasión para visitar al Ministro de Relaciones Exteriores francés, quien donó a la Universidad de la Habana diez películas, entre ellas Balzac, París 1848 y El Correo de Lyon. A través del Departamento de Cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores, se relacionó con el señor Henri Langlois, logrando de su entrevista el envió de programas a Cuba.9

 

Inmediatamente después Agramonte evoca el conflicto entre José Manuel Valdés Rodríguez y toda la joven Cinemateca de Cuba, y señala los límites de su conocimiento histórico:

 

El primer programa de la Cinemateca Francesa que se proyectó en Cuba procedía de México, donde había un Cine Club. Sin embargo, inexplicablemente, dichos programas se facilitaron a la Cinemateca de Cuba, de reciente formación. Esto provocó una protesta del Departamento de Cinematografía de la Universidad de La Habana a través de su director, el profesor José Manuel Valdés Rodriguez10.

 

El interés de este fragmento es que de una forma discreta se rinde cuenta de los conflictos que en los años 50 sacudieron al pequeño mundo de los cine-clubs de las sociedades culturales. Pero se cuida mucho de entrar en polémica, ya que estos temas de apariencia anodina en realidad tuvieron una gran repercusión después de la Revolución, pues con la victoria de Castro había llegado la hora del ajuste de cuentas. De un modo discreto Agramonte señala un nudo histórico, uno de esos momentos en el cual las líneas de fraccionamiento entre los diferentes actores de la vida cultural. Como veremos más tarde, Valdés Rodríguez no perdonará nunca a sus antiguos estudiantes, Germán Puig y Ricardo Vigón, el haber creado la Cinemateca antes que él y el haberse convertido en interlocutores privilegiados de Henri Langlois.

 

Desafortunadamente, el libro de Agramonte tuvo un difusión muy limitada durante mucho tiempo, pues el ICAIC había retirado de circulación la mayoría de los ejemplares11 y los datos históricos que contiene la obra no pudieron ser convenientemente retomados y explotados. Habría que esperar hasta 1997 para que una nueva publicación nos informara con detalles sobre la creación y la historia de la Cinemateca de Cuba. Es así como Eulalia María Douglas evoca en La tienda negra, Cine-Club de La Habana y cinemateca al mismo tiempo:

 

[Marzo de 1948:] se funda el Cine club de la Habana, que en 1951 se integra a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y que posteriormente tomara el nombre de Cinemateca de Cuba.12

 

Con habilidad, la historiadora expone las bases de un discurso histórico que teniendo la apariencia de la neutralidad, de hecho obedece a intereses superiores y permanece fiel a la línea oficial que hace de Nuestro Tiempo el eje de la vida cultural antes de la Revolución. María Eulalia Douglas no habla de Puig ni de Vigón, y relaciona inmediatamente al Cine-Club de La Habana con Nuestro Tiempo, cuando en realidad ambos organismos no establecen más que una breve relación no exenta de conflictos. La cuestión es hacernos creer que el Cine club reconoció la «autoridad» de Nuestro Tiempo desde la creación de este último, cuando en realidad Germán Puig Y Ricardo Vigón siempre buscaron ser independientes.

Cuando después María Eulalia Douglas dice que el Cine-Club tomó el  nombre de Cinemateca de Cuba, ella prepara el resto de su texto con vistas a negar el estatus de Cinemateca al organismo creado por Germán Puig en 1951. Veamos como la historiadora presenta los hechos:

 

[Noviembre de 1951] El Cine-Club de La Habana cambia su nombre por el de Cinemateca de Cuba y continua integrado a la sociedad Nuestro Tiempo. A fines de este año, debido a una crisis económica que atraviesa Nuestro Tiempo, la Cinemateca se independiza. En 1953 suspende sus actividades y las reanuda en 1955.

Por carecer de cede propia, de depósitos para las películas y archivos de documentación, esta cinemateca funcionó como un cine-club, no pudiendo alcanzar durante su existencia el estatutos de cinemateca.13

 

Después Douglas retoma la lista de miembros de la dirección del organismo, tal y como aparecía en la obra de Arturo Agramonte (correspondiente al año 1955). El texto tiende a explicar que la Cinemateca de Cuba no era realmente una cinemateca, incluso afirma que no tenía el estatus, lo que jurídicamente es un error. De hecho, la historiadora busca minimizar la importancia histórica de la acción de Germán Puig para defender mejor la legitimidad de la actual Cinemateca de Cuba (de la que por otro lado ella es empleada). Por la misma razón, su texto hace aparecer a la Cinemateca como una rama de Nuestro Tiempo, lo que es aún más inexacto. Algunas páginas más adelante, Douglas continúa diciendo:

 

[Mayo de 1956:] La Cinemateca de Cuba interrumpe sus exhibiciones debido a diferencias de criterio entre los miembros de la Junte Directiva. Poco después, al reorganizarse la Directiva, en la que permanecen algunos miembros de la anterior, reanudan sus exhibiciones en la sociedad Lyceum Lawn Tennis Club.14

 

Al igual que Agramonte, Douglas permanece muy evasiva cuando cita los desacuerdos y conflictos que conmocionaron los medios culturales en la época pre-revolucionaria. Las «diferencias de criterios» de las que habla se traducen en violentas disputas entre Germán Puig, acusado de mantener a la Cinemateca fuera de la lucha política, y otros miembros del organismo, como Cabrera Infante o Gutiérrez Alea, que deseaban enfrentar al régimen de Batista. Cabrera Infante incluso llevó el asunto a las columnas de Carteles, revista en la que él se ocupaba de la crítica cinematográfica con el seudónimo de G. Caín. Justo en este momento la suerte de Germán Puig quedó sellada, y quedó solo frente a los  miembros de Nuestro Tiempo. Estos últimos, cuando accedieron al poder cultural en 1959,  lo dejaron automáticamente de lado, al igual que a Ricardo Vigón.

 

María Eulalia Douglas termina mencionando de forma muy breve la disolución de la Cinemateca de Cuba en diciembre de 1956:

 

[Diciembre de 1956:] La Cinemateca de Cuba suspende definitivamente sus actividades. Al disolverse, devuelve al Museo de Arte moderno de Nueva York los filmes que recibió en préstamos.15

 

La lectura de los principales textos destinados al cine cubano nos muestran, por lo tanto, que el asunto de la Cinemateca de Cuba sufrió un tratamiento provisto de lagunas por parte de los historiadores, quienes en algunos casos mantuvieron en silencio su existencia, y en otros casos,  intentaron minimizar su importancia haciéndola  aparecer  como un apéndice de Nuestro Tiempo. Inclusos las obras con mayor número de información (la de Agramonte y la de María Eulalia Douglas) contienen numerosas omisiones e inexactitudes, y siempre confieren mucha más atención a las actividades de Nuestro Tiempo, del que se sabe que sus miembros terminaron fundando el ICAIC. De hecho, el discurso histórico dominante busca la negación del carácter pionero de la acción de Germán Puig y Ricardo Vigón, y va incluso hasta el punto de hacer desaparecer el nombre de este último. No obstante, en 1963, Guillermo Infante Cabrera le dedica dos páginas del prefacio de su libro, Un oficio del siglo XX, y escribe:

 

Todo lo que sé de cine [...] se lo debo a tres personas: Ricardo Vigón, Germán Puig y Néstor Almendros. Pongo a Vigón en primer lugar [...] porque es a él a quien debo más.16

 

¿Por qué razón los fundadores de la Cinemateca de Cuba y primeros compañeros de ruta de Cabrera Infante terminaron desapareciendo de la historia oficial del cine cubano? A esta pregunta trataremos de responder en las páginas siguientes.

 

Primeros pasos: la creación del Cine-Club de La Habana

 

Germán Puig y Ricardo Vigón se conocen una noche del 1 de diciembre de 1946. En aquel entonces eran dos jóvenes de origen modesto, que vivían sus primeras emociones artísticas y que muy pronto establecen una indefectible amistad. En el transcurso de los meses siguientes, principios de 1947, comienzan a frecuentar las salas de concierto y de cine, y se entusiasman con las obras que descubren, en especial Odd Man Out [ Carol Reed, 1947], que los hace, literalmente, llorar de emoción. Enseguida deciden inscribirse en los cursos que propone José Manuel Valdés Rodríguez en La Universidad de La Habana. Es así como durante los meses de julio y agosto 1948 participan en la formación titulada « El cine : industria y arte de nuestro tiempo», en el que son proyectados y estudiados una decena de clásicos tales como Iván el Terrible [Sergeї Eisenstein, 1945], La bella y la bestia [Jean Cocteau, 1946], Henri V [Laurence Olivier, 1944]. Germán Puig obtiene una beca, otorgada por Kodak, por haber redactado una crítica de Captain from Castile [Henry King, 1947].

Aunque el proyecto de creación de un cine-club no se concreta hasta algunos meses después de ese curso de verano, ya se encontraba en proceso de gestación en el mes de mayo, como pudimos comprobar en la lectura de varias cartas de Ricardo Vigón. A partir de marzo, Puig y Vigón organizaron proyecciones de filmes franceses y norteamericanos en salas privadas, con copias obtenidas con los distribuidores cuyos locales se encontraban en aquel entonces en el barrio llamado La Corea.

Del 7 de mayo al 5 de junio 1948, Germán Puig viaja a Nueva York, donde trabaja con vendedor de hot-dogts durante el día y en su tiempo libre frecuenta los museos. Los dos jóvenes se escriben casi todos los días. El 23 de mayo, Ricardo Vigón relata una entrevista que tuvo con Valdés Rodríguez, y la descripción que hace no es nada halagüeña :

 

El sábado por la tarde fui a ver a Valdés Rodríguez, desolador Germán, terrible, lo esperé largo rato, fui a las seis y media y llegó a las siete y media. Le di [síc] tu dirección y hable de muy pocas cosas con él. Poco antes de irme me decidí y le hable de la próxima clase. Pero me dijo que estaba muy ocupado, que no podía ser ahora y que esperáramos a que tú [síc] llegaras. Yo le explique que era necesario, para mantener el ambiente, continuar regularmente. Pero me dijo que lo pensaría, tú sabes un resistencia pasiva. Que [síc] más [síc] está eso de V. R, se ve que no tiene interés, no le gusta haberse creado ese compromiso, le resulta mucho más cómodo sus artículos. Además su curso.17

 

Ricardo Vigón hace alusión aquí a la participación de Valdés Rodríguez en los proyectos organizados por los dos jóvenes, y que constituían el embrión del Cine-Club que deseaban crear. La Universidad había aceptado en un primer momento animar los debates después de las proyecciones, pero su entusiasmo disminuyó muy pronto. Como veremos más tarde, las relaciones entre Puig, Vigón y Valdés Rodríguez entrarán en conflicto y la decepción de los dos estudiantes será aún mayor, pues en un principio ellos habían pensado en asociar a su profesor en el proyecto.

 

El 25 de mayo, Ricardo Vigón redacta una nueva carta donde explica en detalle la forma en la que podría funcionar el Cine-Club:

 

Germán estoy decidido a formar el Club, para los primeros días del mes que viene. Mira a ver si te gusta el plan.

Cuatro funciones al mes. Cada socio tendrán derecho a asistir a dos funciones; en cada función [síc] asistirán 50 socios o sea que los 100 disfrutarán de los dos funciones mensuales y será una entrada mensual de 100 pesos, pues cada socio pagará un peso mensual. Nunca faltará gente, pus si no hay gente que se comprometan a pagar todos los meses un peso fijo, sin embargo, si [síc] irán un día u otro y siempre estará llena la función. Alquilaremos sillas y con los 100 dólares podremos alquilar cualquier película, además obtendremos prestigio y las compañías facilitarán muchas películas nuevas. Pondremos Iván el terrible, La Bella y la Bestia, Las Puertas de la Noche, antes o después de V. Rodríguez. Aramís me ayudará en todo después de las elecciones, sé que será un formidable cerebro organizador.18

 

Mientras que las funciones organizadas hasta ese momento por Puig y Vigón fueron experiencias aisladas, ahora se trata de darle un marco legal y una estructura al proyecto, haciendo de ello un auténtico Cine-Club. El 27 de mayo, Vigón vuelve a mencionar el asunto:

 

Tengo que empezar a recolectar a los futuros socios del CLUB, hablaré con Jorge León, Leonor, Raul, etc, etc.... Quiero que cuando vuelvas te encuentres con nuestro flamante Club, ¿cómo [síc] le pondremos? ¿Pro-Arte Cinematográfico? Me parece acertado, además y no es por vanidad, el nombre le daría cierta continuación con pro-Arte Musical, hacen falta varios Pro-Artes. Si has pensado otro dímelo, de todos modos será una elección democrática.19

 

Contrariamente a lo que esperaba Ricardo Vigón en ese momento, el Cine-Club no podrá ser constituido como tal antes del regreso de Puig a La Habana, a principios de junio, y no es hasta mayo de 1949 que se registran los estatutos. Los documentos oficiales presentarán tres firmas: las de Germán Puig, Ricardo Vigón y una sus amigas, Victoria González. Los fundadores de la asociación declaran perseguir los siguientes objetivos:

 

Propulsar la difusión de la cinematografía artística en Cuba con fines de alta cultura exhibiendo las cintas de mayor dignificación en el avance de la cinematografía universal y con las utilidades que producen dichas exhibiciones, la creación d una biblioteca cinematográfica, así como la adquisición de cintas y aparatos cinematográficos en general, ya sean alquilados o comprados, pudiendo obtenerse por todos los medios lícitos al efecto para los fines de la sociedad, haciendo posible de esta manera la realización de filmes artísticos dentro de la sociedad, elevando con ello nuestro nivel cultural.20

 

Como podemos ver, la idea de crear un cinemateca ya se encontraba subyacente, al igual que la de hacer películas. El Cine-Club agrupa muy pronto a numerosos jóvenes entusiastas, de los cuales algunos llegan a realizar notables carreras artísticas: Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante, Tomás Gutiérrez Alea, Ramón Suárez, entre otros. Las funciones de proyección se multiplican con un éxito creciente, y Valdés Rodríguez termina por ponerse extremadamente celoso, a tal punto que se vale de sus relaciones con  ARTYC (Asociación de Redactores Teatrales y Cinematográficos) para que no se le hiciese publicidad alguna en la prensa al Cine-Club y para impedir que sus organizadores alquilaran salas de cine. Si bien hubo que pagar la primera de las maniobras, el Cine-Club logra encontrar locales para sus proyecciones (para esto deberá cambiar con frecuencia de dirección , y utilizar lugares tan diversos como la sala Royal News o el Instituto de Previsión y Reformas Sociales).  Pero el conflicto más violento no había estallado aún, es entonces cuando en 1951 la enemistad entre Puig, Vigón y Valdés Rodríguez degenera en una guerra abierta.

 

La Creación de la Cinemateca de Cuba y el asunto Langlois.

 

Todo comenzó con el viaje a París efectuado por Germán Puig en octubre de 1950. Mientras que Gutiérrez Alea ya había filmado algunos cortos (ya fuera solo – El Fakir [1947], La Caperucita Roja [1947] – ya fuera con Néstor Almendros –Una confusión cotidiana [1950]-), Puig aún no había realizado nada (filmará Sarna en 1952 en la casa de Wilfredo Lam). Sin embargo, es el primero en partir hacia Europa para comenzar sus estudios cinematográficos. Raúl Roa, en aquel entonces Director de Cultura en el Ministerio cubano de Educación, le otorga la beca que él había solicitado en septiembre de 1950, permitiéndole abandonar su puesto de maestro interno en un liceo de La Habana pudiendo conservar su salario durante un año.Puig embarca para Francia el 13 de octubre, y arriba al Havre 11 días más tarde. Enamorado de la cultura y del cine francés, deseaba estudiar en el IDHEC y no en una escuela de cine norteamericana, lo que habría sido más simple y menos costoso.. Pero en el momento de su partida, él ignora que la escuela acababa de cerrar sus puertas de manera excepcional, y no recibiría a ningún estudiante entre 1950-1951.  La carta que contenía esta información llega a casa de su madre cuando ya su barco iba camino al Havre. A su llegada a París, Puig se instala en la Ciudad Universitaria y busca la forma de sacar provecho de su estancia en Francia. Es así como, a principios de enero pide un encuentro con Henri Langlois, el director de la Cinemateca francesa. Este último se encontraba fuera, pero le envía un correo el 18 de enero para fijar una cita, que sería a la semana siguiente cuando estuviera de regreso a París. El primer encuentro entre los dos hombres será breve pero decisivo.

 

Puig quería solicitar el préstamo de algunos filmes franceses para el Cine-Club de La Habana, pero Langlois le informó que uno de sus compatriotas había venido a verlo el mes anterior por el mismo motivo: Valdés Rodríguez. Puig le explicó automáticamente en que consistían las actividades de Rodríguez en la esfera cinematográfica, pero no sabiendo que tipo de relaciones había establecido su antiguo profesor con el director de la Cinemateca, no hizo mención de las tensiones existentes alrededor del Cine-Club. Ante lo cual Langlois, elevando su dedo índice hacia arriba, exclamó: « ¡Ustedes me esconden algo!». Impresionado por la intuición de su interlocutor, Puig expuso en detalle el conflicto que tenía con el profesor de la Universidad de La Habana, y los celos que este alimentaba con respecto a su Cine-Club. Langlois tomó una decisión inmediata y declaró: « Los filmes son para ustedes». La reunión había terminado, solo había durado cinco minutos. Claro está, Valdés Rodríguez tomo muy a mal la decisión de Langlois, y acusó a Puig  y a los otros miembros del Cine-Club de haber armado un complot contra él. En realidad, Rodríguez le había resultado muy antipático a Langlois, e inmediatamente entabló amistad con Germán Puig, cuyo entusiasmo e idealismo le recordaban su propio camino (Langlois había fundado la Cinemateca francesa en 1936 junto a otro «iluminado» del cine, Georges Franju, del mismo modo que Puig y Vigón acababan de crear su Cine-Club sobre la base de igual amistad e igual pasión). Una carta de Gutiérrez  Alea, que data del 30 de marzo de 1951, nos aporta un enfoque inédito sobre el asunto:

 

[...] Néstor me escribió desde México diciéndome que había visto una carta que la Cinemateca [síc] le había enviado al Cine-Club de México donde les decía que tenían dos peticiones de películas desde la Habana: una de «un  Personaje oficial muy desagradable» (sic. en el original), (ya puedes suponer quien [síc] es, y otra de unos muchachos jóvenes, y que preferían enviárselas [síc] a estos últimos. (los muchachos jóvenes supongo que debemos ser nosotros). Con estos antecedentes resulta desconcertante el anuncio del viejo V.R.21

 

Desde febrero de 1951, Puig se puso en contacto con el embajador de Cuba en París, Héctor de Ayala, y con Raúl Roa en La Habana, para organizar el envío de las latas de películas que la Cinemateca francesa aceptaba prestar; pero por su lado, Valdés Rodríguez maniobraba para recuperarlas a su llegada a Cuba. La lectura de la abundante correspondencia entre Puig y los miembros del Cine-Club de La Habana, entre ellos Gutiérrez Alea, nos muestran que los programas de cine francés fueron objeto de una intensa lucha, y un desafío de poder en la Habana. Valdés Rodríguez buscaba impresionar a los jóvenes responsables del Cine-Club multiplicando los efectos del anuncio, y desde el mes de marzo de 1951, pretendía estar en condiciones de proyectar películas enviadas por la Cinemateca. Veamos en efecto que escribe Gutiérrez Alea:

 

                        Querido amigo:

            Una carta muy apresurada para darte una mala noticia. Se trata de las películas de la Cinemateca [síc], las cuales Valdés Rodríguez anunció que pondría en la Universidad, pues las ha conseguido a través del Cónsul francés. Est sucedió ayer, y no sabemos qué pensar ni qué hacer, pues no tenemos ninguna comunicación oficial de Henri Langlois concediéndonos dichas películas. La noticia, como verás, es desalentadora. ¿Qué crees tú qué se pueda hacer?¿ No podrías conseguir con M. Langlois que nos mandara una comunicación oficial de la Cinemathèque [síc] para presentarla ante la Legación de Francia donde nos indique como destinatario de dichas películas?22

 

De hecho, en ese momento Valdés Rodríguez no tiene la posibilidad de proyectar las películas que anunciaba, pero en el mes de mayo sus manejos terminan por dar resultado y logra que le fuera entregado un lote de películas inicialmente destinadas al Cine-Club. El 27 de mayo de 1951, Gutiérrez Alea escribe:

 

                        Querido amigo:

Aquí estamos desesperados por saber de ti y de todo el problema de la Cinemathèque. Hoy (ahora son las 8 de la mañana) me he levantado, y lo primero que he visto en el periódico es un anuncio del Cine de Arte de la Universidad, de Valdés [síc] Rodríguez: «El Cine de Arte de la Universidad se complace en anunciar su nueva serie de clásicos del cine Galo [...].» No sé dónde las habrá conseguido, pero creo que nos está tomando la delantera [...].

No voy a echar la carta hasta pasado mañana para poder decirte con seguridad si el programa que presentará VR es el mismo de la Cinematheque [síc] u otro. De todas maneras, debes enviarnos noticias de lo que haces en ese sentido.23

 

Luego de haber asistido a la proyección, Alea continua:

 

Efectivamente, las películas que puso VR en la Universidad son las de la Cinematheque [síc], y las consiguió por mediación del Embajador de Francia: Monsieur Beauvergais, y vinieron a través del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, los Affaires Etrangères. Se ve [síc] que VR tiene mucha palanca con M. Beauvergais, lo cual hizo posible la realización de sus maquiavélicos propósitos de usurpación. Como ves estamos jodidos. Por lo menos supongo que algo habrás aprendido de estas cosas: TODO HAY QUE HACERLO CON PAPELES [...].

 

 

Como podemos comprobar , la lucha por el control de las películas fue dura, y no es hasta el mes de agosto que Puig logra encontrar el medio parta enviar las cintas sin que cayeran en manos de Valdés Rodríguez. De hecho, los responsables del Cine-Club dependían de Germán Puig para el envío de películas de la Cinemateca francesa y en un primer tiempo lanzaron sobre él la responsabilidad de los primeros fracasos, antes de concluir admitiendo que ellos mismos habían sido poco eficaces en La Habana.

 

El problema de los papeles y los documentos oficiales se vuelve lancinante en la correspondencia que intercambian Puig y los miembros del Cine-Club, y la comunicación es lenta y difícil. Alea y Cabrera Infante no imaginan el considerable trabajo que Puig realiza en París; del mismo modo que Puig no entiende por qué algunos envíos no llegan a sus destinatarios, ni por qué sus amigos tardan tanto en legalizar la creación de la Cinemateca. Este es un asunto crucial para él, ya que no puede mandar las películas de manera regular y con seguridad hasta tanto el Cine-Club se transforme en Cinemateca. La institución dirigida por Langlois solo podía efectuar intercambio de filmes con organismos similares.  Por esa razón Puig invitó a los amigos que estaban en Cuba a declarar nuevos estatutos, copiados por los de la Cinemateca Francesa. Incluso el nombre de la nueva institución sería reflejo de su modelo: primero bautizada «Cinemateca Cubana» ( y no «Filmoteca Cubana»), finalmente se convierte en «Cinemateca de Cuba». Cuando en 1961 se reactiva la institución, el ICAIC conservó involuntariamente la huella del origen francés del proyecto.

 

Tal y como Germán Puig nos explicó, Langlois fue quien le sugirió la creación de una cinemateca en Cuba con el mismo modelo de la que existía en París. Sin embargo, la lentitud en la comunicación entre La Habana y París retrasó el establecimiento de este organismo, además de que todos los miembros del Cine-Club eran voluntarios y estaban acaparados por otras actividades, o simplemente se encontraban en el extranjero. Alea terminaba sus estudios de derecho, Cabrera Infante se lanzaba en su carrera de periodismo, Néstor Almendros se encontraba en México, mientras que Puig multiplicaba sus experiencias y formación cinematográfica. Durante el primer semestre del año 1951, participó en los cursos del Instituto de Filmología de la Universidad de París, en el que impartía clases Georges Sadoul, y además recibió un taller durante el rodaje de L’auberge rouge, Claude Autant-Lara, en el que participó como 3er asistente.

En el mes de julio (del 12 al 17 exactamente), Langlois lo invita a participar en el congreso de la FIAF (Federación Internacional de Archivos de Filmes) que se desarrollaba en Cambridge. Puig asistió a los trabajos en calidad de representante de la Cinemateca de Cuba, que por primera vez accedía a un reconocimiento oficial e internacional. Posteriormente la joven  institución se afilió a la FIAF, y Puig volvió a insistir a Cabrera Infante, Almendros y Gutiérrez Alea para que efectuaran los trámites legales que permitieran la creación de la Cinemateca. Por su parte, los miembros del Cine-Club esperaban que Puig redactara los estatutos. Veamos lo que escribe Gutiérrez Alea el 16 de agosto de 1951:

 

En primer lugar, no tengo que decirte lo muy agradecidos que estamos todos de ti, Eso ya tú lo sabes. Y para los que no lo saben, lo diremos el día de la primera función.

En cuanto al problema que no podemos cobrar la entrada, creemos que lo podemos resolver haciendo socios exclusivos del Cine-Club (que después que tú envíes los estatutos será la Cinemateca Cubana) a $0.80 mensual, aparte de los socios de NUESTRO TIEMPO [...]

Te diré que ya estamos inscritos con unos estatutos provisionales y con el nombre de CINEMATECA DE CUBANA, pero que aperecemos ente el público como Cine-Club de La Habana, hasta que tú digas que podemos hablar de nuestras intenciones de crear una cinemateca [...]

Si no nos envían regularmente los programas que dices que ya nos tienen separados, no tendremos que ofrecer [síc] a nuestros asociados, y ya te puedes imaginar lo que sucederá. Sobre todo por el hecho de que no solamente VR es nuestro enemigo: tenemos muchos otros enemigos, que antes eran nuestros amigos y que ahora sólo esperan la oportunidad de atacarnos. Estoy hablando en general de la Sociedad Nuestro Tiempo, que es a quien le dirigen sus ataques, no solo al Cine-Club. [...]

Por lo tanto Germán, casi puedo decirte que en tus manos está gran parte de lo que puede ser nuestro triunfo o fracaso. Quiero que sientas plenamente esta responsabilidad.24

 

Las propuestas de Gutiérrez Alea nos permiten comprobar con que intensidad vivía sus luchas intestinas el mundo de la cinefília, pero de igual modo destaca la importancia del papel de Puig en estos conflictos: su presencia y acción al lado de Langlois lo volvían ineludible, por lo tanto muchos envidiaban su posición. Estos celos desencadenaron dos actitudes: algunos, como Valdés Rodríguez, trataron de destruir su trabajo; otros intentaron de una manera más sutil separarlo de su proyecto. Ese fue el caso en particular de los encargados de Nuestro Tiempo, esa sociedad cultural creada en enero de 1951, poco después de la llegada a Francia de Germán Puig, a la que inmediatamente se afiliaron Cabrera Infante, Almendros y Gutiérrez Alea. Desde un primer momento se instala una gran confusión entre las actividades del Cine-Club y las de Nuestro Tiempo, luego entre las de la Cinemateca de Cuba y  las de Nuestro Tiempo. Como los responsables del Cine-Club son igualmente miembros de Nuestro Tiempo, ellos deciden asociar a los dos organismos sin tomarse el trabajo de consultar a Puig, que sin embargo es el Presidente y fundador del Cine-Club. También buscarán colocar a la Cinemateca bajo la tutela de Nuestro Tiempo, una vez más sin el consentimiento de Puig, que desde París pide que la Cinemateca, la cual preside y creó, permanezca independiente. Este punto en particular terminará provocando una guerra abierta entre Puig y Alfredo Guevara, miembro influyente de Nuestro Tiempo y futuro director del ICAIC.

 

 A principios de 1951, Ganglios envía las primeras películas específicamente destinadas al Cine-Club, pero por ineficacia de la administración cubana el paquete demorará varias semanas antes de llegar a sus destinatarios. A pesar de todo, las películas terminarán siendo proyectadas en público en el mes de septiembre. Y a partir de ese momento la Cinemateca de Cuba logrará organizar, en diversos lugares, numerosos ciclos destinados  a los clásicos del 7mo arte, que tendrán un éxito creciente hasta que las actividades del organismo se interrumpen en noviembre de 1952.

 

El 13 de octubre de 1951, Puig envía una carta a Alea para puntualizar con él el tema de la creación de la Cinemateca, que aún seguía sin arreglar. Señalemos que en aquella fecha, la relación entre los dos jóvenes estaba tensa: Alea esperaba que Puig lo ayudara a inscribirse en el IDHEC y a organizar su viaje a Francia, y le reprochaba que no se ocupaba lo suficiente de él. Puig, por su lado, consideraba haberle enviado las informaciones necesarias y se mostraba impaciente ante la incapacidad de Gutiérrez Alea para hacerse cargo. Estas son las instrucciones que Puig le envía a Alea (como utiliza una máquina de escribir francesa, faltan todos los acentos):

 

Ahora, hablemos de la CINEMATECA CUBANA. He recibido tus cartas y el programa. Langlois lo ha visto y esta muy contento y ha pasado por alto todas las demoras de las cuales no nos responsabiliza [...]. Lo urgente según el es constituir la Cinemateca Cubana de acuerdo con los reglamentos que envie con el segundo programa, constituir la directiva que la encabezaran un presidente o representante oficial, que en este caso debo ser yo para los efectos de la FIAF [...] y tambien de un director o secretario general [aquí Langlois] que se ocupara de la direccion de la Cinemateca.  Si tu te quedas no veo a nadie mejor para ello, si te vas habria que tenerse mucho cuidado a quien se le confía. Te dire que estoy un poco disgustado contigo por el hecho de que nunca me has hablado de quienes están trabajando contigo.25

 

Puig continua más adelante:

 

Una vez constituida la Cinemateca tirar copia de los reglamentos y la directiva en mimeógrafo y enviarme varias copias para mi, la Cinemateca y la FIAF; si no es así Langlois me ha dicho que no puede justificar ante dicha Federacion de Archivos de Films la ayuda que nos presta. Esta muy bien el que lo hayas escrito; por otra parte te dire que una vez constituida la Cinemateca queda automaticamente separada de Nuestro Tiempo dicha union resulta problemática.

 

 

La última frase no podía ser más clara, pero no es hasta el regreso de Puig a Cuba, en mayo de 1952, que se hará efectiva la separación de Nuestro Tiempo y la Cinemateca. Puig enfrentará a Alfredo Guevara en una violenta discusión, y desde entonces los dos hombres se tendrán una profunda enemistad. Su oposición sobrepasaba el simple problema jurídico (el de la independencia de la Cinemateca) para revestir una dimensión más ideológica: mientras que Guevara era comunista y deseaba poner al arte al servicio de la política, Puig defendía la autonomía de la esfera artística y en ningún caso instrumentalizar la cinemateca. Ricardo Vigón fue uno de los únicos en defender la posición de Puig, y ambos quedaron prohibidos en le ICAIC por Guevara.

 

A finales de octubre de 1951, Alea parte finalmente para Italia, al Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma. Allí se reúne con Julio García Espinosa y permanece hasta 1953 (Ricardo Vigón, por su parte, se dirige a París a finales de agosto, y Puig se lo presenta inmediatamente a Langlois, quien lo había contratado en la Cinemateca Francesa). En ausencia de Alea, Néstor Almendros toma el relevo en La Habana, recepcionando los filmes que Puig y Langlois empezaron a enviar de manera regular. Aunque el asunto de los estatutos de la Cinemateca aún no estaba arreglado, el director de la Cinemateca Francesa continuaban brindando todo su apoyo a la iniciativa de Puig, y se mostraba encantado de poder ayudar a la difusión de la cinefília de la cultura francesa.

La primera carta que Almendros escribe el 2 de noviembre de 1951 señala una vez más la importancia del trabajo de Puig en París, y de igual modo permite comprender porque Nuestro Tiempo se empeñaba tanto en ampararse del Cine-Club.

 

La ayuda tuya al «Cine-Club» (ahora Cinemateca Cubana) ha sido fundamental, sin ella no hubiéramos [síc] podido escapar de una muerte segura en manos de los distribuidores, de la incomprensión y de ciertas personas que tu [síc] conoces. A «Nuestro Tiempo» también la ha salvado. Con la enfermedad de Harold la sociedad se quedó [síc] prácticamente sin cabeza y todo parecía se iba a desmoronar. Todo el mundo se iba por su lado y nadie quería trabajar. Hace unos meses que Nuestro Tiempo ha existido gracias al cine Cine-Club, ya que no ha habido otro acto en todo este tiempo [...]

Donde Nuestro Tiempo está teniendo un éxito «delirante» es en las funciones del cine club.26

 

Como podemos ver , la popularidad de las funciones de cine organizadas con los filmes de la Cinemateca Francesa permitía la vida de Nuestro Tiempo, y aumentaba su influencia y su proyección. Inicialmente concebida como una asociación ajena al debate político, esta sociedad cultural  se convirtió rápidamente en un submarino del partido comunista – lo que empujó a varios miembros a partir : Es así como Guillermo Infante abandona la dirección de Nuestro Tiempo a partir de 1951 – y buscaba ocupar una posición dominante en la esfera cultural e intelectual. En el marco de esta estrategia era importante controlar las actividades relacionadas con el cine, evidentemente más populares y federativas que las de la música clásica o el teatro.

Almendros también evoca los celos de Valdés Rodríguez, quien continua actuando para sabotear el trabajo del Cine-Club:

 

Tal ha sido el éxito que, según parece, VR esta [síc] muriéndose de rabia. Hemos sabido que habla como nunca pestes de nosotros y que esta [síc] haciendo todo los posible para hundirnos. Prácticamente esta [sic] coaccionando a los críticos para que no nos publiquen notas de prensa y su «campaña» en este segundo programa está teniendo éxito aunque no todo el que quisiera. Sin embargo, hay que andarse con cuidado, es un tipo temible.

 

Almendros también cita la transformación del Cine-Club en Cinemateca :

 

Entre mi mamá y yo hemos traducido los estatutos de la Cinemateca Cubana y solo falta hacerle algunas modificaciones para que se legalice y cambiemos oficialmente nuestro nombre por el de Cinemateca Cubana [...].

Antes de salir Titón tuvimos una pequeña reunión los del cine club para ver que reformas se hacían con su salida y principalmente como se iban a distribuir los cargos. Ya de acuerdo con los estatutos de la Cinemateca las «elecciones» quedaron como sigue. Presidente: Germán Puig, Vice: Guillermito, Secretario: Juan Blanco, Vice: Rine, Tesorero: Branly, Propaganda: Losandro Otero y por último a mí me dieron un cargo con un título un poco raro: Director. Yo desde luego no tengo las cualidades de director de Titón, ni la capacidad de contemporizar con la gente, ya lo recuerdas, pero haré todo lo posible para hacerlo ahora, con la experiencia, mejor que antes.

 

La correspondencia entre Almendros y Puig nos indican que después de la partida de Gutiérrez Alea, seguían existiendo problemas de transporte y recepción de los filmes de la Cinemateca Francesa, y ocurría que algunos envíos que debían tener un período mensual, se perdían momentáneamente (el único aliciente era que los paquetes no caían en manos de Valdés Rodríguez). Por lo tanto, los responsables del Cine-Club debían buscar películas de reemplazo para los distribuidores locales, pero estos nunca atraían a tanto público como las obras prestadas por la Cinemateca Francesa.

 

En diciembre de 1951, o enero de 1952 (no pudimos encontrar la fecha con precisión), luego de varios altercados, tuvo lugar un encuentro entre Valdés Rodríguez y la  dirección de la Cinemateca (que aún no había arreglado el problema de su cambio de estatutos). Poco tiempo después, Cabrera Infante  escribe a Germán Puig para hacerle un resumen de la reunión, evocando en su carta los reproches hechos por el universitario a sus antiguos estudiantes. También explica que Valdés Rodríguez mostró las cartas que habían intercambiado con Langlois  y no comprende porque el director de la Cinemateca Francesa prefirió colaborar con un grupo de jóvenes desconocidos en lugar de hacerlo con la Universidad de la Habana. Como Rodríguez no puede imaginar que Langlois lo detesta, piensa que los responsables del Cine-Club montaron una contra él, e incluso los acusa de haber robado el fichero de los miembros de su propio Cine-Club. Cabrera Infante concluye que la reunión no permitió desactivar el conflicto y que todo el mundo se mantuvo en su posición. El desagrado que le provoca Valdés Rodríguez es tan fuerte como el expresado en las cartas de Gutiérrez Alea.

 

Durante ese tiempo Puig trata de continuar su estancia en París, pero finalmente no logra obtener la beca de la UNESCO que tenía prevista. Por lo que deberá pedir a su madre que le envíe un poco de dinero para permanecer unos meses más. Después de haber renunciado a inscribirse en el IDHEC, que reabrió sus puertas en septiembre de 1951, por un tiempo estuvo pensando en ir al Centro Sperimentale de Roma, pero por falta de medios financieros abandona la idea (parece ser que Gutiérrez Alea fue quien heredó el puesto que tenía reservado el director de la escuela, Mario Verdone, para Puig después de haberlo conocido en la Cinemateca Francesa). Germán Puig decide por lo tanto regresar a Cuba a finales de abril de 1952. En espera, continua trabajando junto a Ricardo Vigón en la Cinemateca (la que no le paga, o muy poco) y busca, sin éxito alguno, ser contratado como asistente en la filmación de alguna película. Después de París, continúa preocupándose por el futuro de la Cinemateca de Cuba, tal y como nos muestra una carta escrita a Néstor Almendros el 16 de febrero de 1952 (como utiliza de nuevo una máquina de escribir francesa, faltan todos los acentos):

 

Supongo que sabrás que espero ir a Cuba en Mayo o Julio y antes de partir [sic] necesito dejar aclararecer aquí una serie de cosas. Parece ser que las cosas no van todo lo bien que debieran. Por lo que veo no han adoptado el nombre de Cinemateca, lo cual les dije hace meses era urgentisimo e imprescindible para obtener la ayuda de aquí; Si esto no se ha hecho ni se han presentado los papeles para legalizarnos, puede fácilmente ocasionar la suspensión de envío de los programas, pues legalmente Langlois no puede ayudar a un Cine Club, tal vez se fuera todo al diablo. Hace ya siete meses del congreso d la FIAF ante la cual éramos Cinemateca. Quiero que ustedes comprendan que lo que estoy haciendo aquí es tratar de construir la Cinemateca Cubana y es necesario que ustedes hagan algo al máximo o nunca se llegara a nada. Por ejemplo te escribir una vez que era necesario conseguir viejas películas cubanas o noticiarios y que averiguaras sobre los cartones que se hacen en Oriente para enviarlos acá. Ni tan siquiera me mencionaste el asunto en tu carta. Hay que tratar de obtener donaciones ese tipo.27

 

Esta carta pone en evidencia las dificultadas que tenía Puig para orientar y controlar la Cinemateca desde París, por eso regresa con cierto alivio a La Habana el 1 de mayo de 1952. El sabe que puede contar con Ricardo Vigón, quien permaneció con Langlois, para continuar el